La final que me voy a perder

Artículo publicado en El Mundo

Estoy muy jodido. Se lo dije a Errejón: –“No me pongáis mitin el día de la final de baloncesto”. – “Pero si este año no llegamos a la final ni de coña”, me dijeron.

Vaya cenizos los míos. Sí, sí, lo reconozco, hay cenizos en todas partes. Y el caso es que ahora me toca escribir sobre la final y todo el mundo esperará que haga como hacen los políticos y que aproveche para usar a mi favor a la selección. He leído de todo: que si esta selección es la prueba de que un país unido es lo mejor, que si Gasol es la fuerza que le da Cataluña a España, que si los Gasol están a favor del derecho a decidir… Podría echarle cara y decir que nos inspira el espíritu de equipo de la selección, pero no tengo ganas. Estoy jodido porque me voy a perder la final por el dichoso mitin.

Yo sé, yo sé, nada es tan politizable como el deporte, nada es más eficaz que las pasiones deportivas sabiamente conducidas hacia pasiones políticas, pero no quiero sacar punta a estas cosas; sólo me gustaría ver el partido. Prefiero acordarme de Berlinguer, que suspendió un comité central del PCI para ver a la nazionale di calcio (eso son agallas), o de Manolo Vázquez Montalbán, que se llevaba la radio a las reuniones del PSUC para seguir las retransmisiones de los partidos del Barca. Yo estaría dispuesto a lo que fuera, a declarar una tregua, a que se suspendiera la campaña, a quedar en un bar para ver el partido con David Fernández, con Albiol, con Rivera, con Pedro Sánchez, con Mas y Rajoy, con la casta, con quien fuera. Y no porque fuéramos a aparcar nuestras diferencias por un rato, no porque fuéramos a estar fraternalmente unidos, sino porque así podría ver el partido y desconectar un rato de la política y de todo.  Es sano que los políticos desconecten de la política de vez en cuando. A mí por lo menos me hace falta. Yo creo que es sano ser humano de vez en cuando, emocionarte con un mate, sufrir por un triple que no entra, cogerte un cabreo de narices por una falta que no han pitado o llevar la cicatriz eterna de que a los americanos nunca les pitan los pasos de salida.

Siempre me gustó el basket, y los partidos de la selección. Crecí admirando a Chicho Sibilio, a los Martín, a Iturriaga, a Romay, a Epi, a Corbalán, a Andrés Jiménez, a los Jofresa, a Villacampa… alucinando con los mates de Quique Villalobos, con los triples de Herreros. Pero la selección de Gasol es otra cosa. Me ha hecho pasar ratos inolvidables y, que me perdone el equipo de campaña, no me apetece politizarlos. Me apetece seguir viviéndolos porque me hacen ser más humano, me hacen desconectar y ser feliz.

El domingo cumpliré con mi deber y daré el mitin con Lluís Rabell y con los demás compañeros, pero estaré muy jodido por perderme la final. Eso sí, a lo mejor la pongo en el móvil y miro de reojo de vez en cuando. Perdónenme, pero soy humano.