Pablo Iglesias se desmelena

Pablo Iglesias llega hasta la antesala del plató fotográfico dentro de un coche. Ya no puede andar por la calle si quiere ser puntual: la gente se lo come a selfies, le cuenta sus vidas. Combina sonrisa educada con mirada estoica. En el estudio ocurre lo mismo. Se lo comen a besos. Coincide con otra sesión de retratos de mujeres. La primera es Laura Ponte, que se declara podemita entregada. La segunda, una Aitana Sánchez-Gijón a medio maquillar que lo abraza y le dice: “Cuidad la cultura, por favor, que tampoco le hacéis demasiado caso”. Iglesias asegura que toma nota. Se dan los teléfonos. Carmen Elías también le jalea, y las tres, con voz aniñada, le suplican a Outumuro una foto. Mejillas rojas. Runrún excitado. Posan. “Traedme más a este lugar, por favor”, bromea Iglesias, como si quisiera ir un poco de macho alfa. Cargado de hombros, sosegado, su postura corporal se halla en las antípodas del estilo del hombre que con una mirada hace subir las acciones en la Bolsa. Su galanteo es blanco. Ya lo advirtió Alberto Garzón: “En seducción le gana Pedro Sánchez”. Lo suyo es la dialéctica. “Tanto el estilo de Alberto como el de Pedro es el que cualquier madre desearía para sus hijas… Ahora, si después les preguntan a las hijas, a lo mejor el resultado sería diferente”, replica. Él es un Robin Hood vallecano, un profesor mal pagado que pasó de la teoría a la práctica. Su postura es clave para la gobernabilidad de España.

¿El haber sido hijo único, criado por mujeres, te ha influido en las relaciones con los demás?

Diría que, en algunas cosas, justo lo contrario. Tengo amigos que son muchos hermanos y han tenido que pelear incluso para tener su propio cajón. Nunca he experimentado la sensación de “eso es mío”. Fui objeto del amor simultáneo de las mujeres de mi familia, con sus cosas maravillosas –todo tipo de mimos, y cariños –, y siempre tuve la sensación de no tener que competir con otro varón. Seguramente por no vivir bajo el mismo techo la relación con mi padre es fantástica. De las mujeres de la familia he heredado una cercanía hacia los sentimientos: ellas son más empáticas, más generosas y menos egocéntricas, y, claro, aprender eso define.

¿Cómo te llamaban de pequeño en casa?

Siempre he sido “el niño”, me llamaron así hasta que murieron mi tía abuela y mi abuela. En realidad tuve tres abuelas: mi tía Ángeles fue una abuela sentimental, una persona de una sensibilidad extraordinaria. Y sabía contar historias. Tengo horas y horas de vídeos grabadas. Pienso en sus historias con lenguaje cinematográfico: las describía de tal manera que las ibas viendo en planos. Como el fusilamiento de su hermano, mi tío Ángel: iban todos los hombres esposados, intentando levantar los puños. Los suben a un camión que arranca. Mi tía comienza a correr detrás, y mi tío Ángel, a pesar de las esposas, logra quitarse la gorra y se la lanza. Es la última imagen que tiene de él vivo; la siguiente es la de su cadáver en la fosa.

Foto: Outumuro

¿Eres empático como tu partido?

Tengo la sensación de ser menos masculino, en lo que a empatía se refiere, que buena parte de los hombres que conozco, siendo al mismo tiempo, por otra parte, muy masculino: algo que se me nota hasta en la forma de moverme. Supongo que por haberme criado con tres mujeres he desarrollado ciertas sutilezas.

¿Qué te parece esta frase de Marguerite Duras: “Milité siete años en el partido comunista, pero adoro los diamantes”?

Muy erótica. Es como aquella canción de Los Chikos del Maíz en la que citan a Erich Fromm: “¿Qué voy a hacer si mi novia es de derechas?”. Yo tiro piedras en manis, ella pone velas en misa…”, y lo que desarrolla la letra es esa erotización mutua entre el chico de barrio de extrema izquierda y la chica pija de derechas, que cristaliza en una relación sexual brutal. No podemos ponernos de acuerdo en nada, pero cuando follamos salen chispas. Ese tipo de contrarios ofrece un juego de símbolos que erotiza por la contradicción. Que una señora muy pija diga que le gustan los diamantes no tiene ningún interés; en cambio, la contradicción siempre es un juego sugerente.

¿Has tenido mitos eróticos?

He tenido, los tengo y supongo que los tendré. Algunos los he confesado, como Maribel Verdú y Cecilia Roth. Me interesa estudiar el erotismo. En mi libroMaquiavelo frente a la gran pantalla distingo entre la Lolita de Nabokov, la historia de un pedófilo, y la de Kubrick, que crea un mito sexual a partir de Sue Lyon, y construye de algún modo el mito de belleza de la modernidad.

¿Alguna escena en concreto?

Hay escenas turbadoras que nunca se olvidan. Por ejemplo, recuerdo, en Si te dicen que caí, una con Victoria Abril embarazada, lo que me produjo rechazo y atracción a la vez. También había una secuencia con Cayetana Guillén Cuervo que me entusiasmó, me puso muchísimo: creo que era en Atómica, con una minifaldita… Y luego está la mítica de Sharon Stone y el cruce de piernas enInstinto Básico, que al final se ha convertido en casi cómica, pero que en su momento fue la leche.

Foto: Outumuro

¿Crees en la erótica del poder? ¿Blinda a mujeres como Christine Lagarde o Angela Merkel, mientras que al resto de las mujeres se nos aplica severamente el canon?

Por supuesto que la erótica del poder existe: la belleza es poder. La atracción siempre cristaliza en relaciones de poder, en todos los ámbitos. Y, en el caso de la política, el machismo funciona de manera más intensa. Esto lo ha estudiado muy bien Judith Butler: la performatividad de género en política, la exigencia de que las mujeres se masculinicen. ¿Recuerdas a Fernández de la Vega? Tenía que ser borde y, sin embargo, Rubalcaba podía hacer chistes. Si en política una mujer se muestra cariñosa o dulce inmediatamente recibe represión, incluso en forma de comentarios sobre lo buena que está. Trinidad Jiménez, de la que últimamente solo hablo de su relación con Telefónica, es una mujer atractiva. Y recuerdo que tuvieron que retirar un cartel suyo por que salía con una  chupa de cuero ceñida. La violencia simbólica que se ejerce sobre las mujeres con cargos políticos relevantes es enorme, y condiciona de alguna manera la forma en cómo se erotiza eso. Y en otro orden de cosas, hay provocaciones que a mí me entusiasman: Carme Chacón en pantalones pasando revista.

O como la de Carolina Bescansa y su bebé…

No me hubiera disgustado que fuese así, pero no es el caso: no recuerdo una ejecutiva de Podemos en los dos últimos años a la que Carolina no llevase un niño, primero Antía y ahora Diego. Para ella es una cosa muy natural. En cualquier caso, yo creo que hacer gestos ajenos a las políticas tradicionales es positivo porque lanza mensajes: ¿cómo no va a poder sacarse la teta una señora que está amamantando a su bebé y hacerlo en un lugar público? ¡Y algunos puedan decir que causa escándalo…! No, causan escándalo los inacabables casos de corrupción en el PP,  o que el ministro del Interior se encomiende a la virgen al tiempo de recibe a Rodrigo Rato en su despacho. Entonces, que ante la cara de esta gente pueda aparecer un tipo con rastas, o que una mujer se saque la teta para dársela a su bebé, no solo me gusta sino que, además, es una manera de revelar que estamos cansados de su estética de la hipocresía. También de esa estética rancia, la de ciertos actos religiosos de la vieja derecha –como otorgar premios a la virgen o comulgar o jurar con la mano encima de una Biblia–, u ostentosa: la de a quienes que les gusta llevar un reloj que cuesta tres salarios. Hay que reestetizar la realidad política: observemos, por ejemplo, la manera en que llevan escolta los políticos. La mayor parte no necesita ningún tipo de protección; la llevan porque les erotiza aparecer con un hombre con chaqueta y corbata, gafas de sol y pistola –una especie de falo que no tienen–: “Como soy un señor viejo, gordito, feo y calvo, la manera de erotizar mi imagen es llevar al lado dos escoltas”.

¿Puedes entender el lujo en alguna de sus variaciones?

Es algo que, como tantas otras cosas, tiene que ver con el contexto y hay miles. Puede incluso puede tener expresiones artísticas. Si nos quedamos en la Revolución Francesa, viendo a los sans culottes entrar en los palacios de los ricos y bebiéndose su champán, tiene un elemento muy estético. El lujo forma parte de códigos que en el cine y en el teatro pueden ser enormemente atractivos y que también forman parte de la sensibilidad. Hay gente a la que le gustan los coches, o el vino muy rico, o sentir una serie de tejidos para vestir…

Foto: Outumuro

¿Qué relación tienes con la moda?

La sigo, pero en los demás.

Es una industria poderosa, además de reflejar el aire de los tiempos.

Sí, es una industria fundamental, pero hay que tener también en cuenta todos sus elementos inmateriales: me parece muy interesante todos lo que tiene que ver con la subjetividad, con la identidad. Pero soy un mero espectador. Estoy en una posición en la que podría jugar mucho con eso, y sé que lo que llama la atención es precisamente que no lo hago. Por eso se habla de ello.

¿Tu madre viste bien?

Mi madre viste muy bien. El sentirme con una mujer como en La dama y el vagabundo me encanta desde siempre. Admiro a los tipos que visten bien, e incluso a los que tienen un físico que todo les sienta de maravilla: ¡Qué bien te queda la americana! A los actores, por ejemplo. Juan Diego Botto siempre va guapísimo e impecable. No tendría problema en decirle: Ojalá fuera como tú”. Admiro mucho la belleza masculina, a los tíos que saben vestir. Algunos de mis compañeros tratan de forzarme a ir ‘mono’, pero yo no me siento mono y al final la cabra tira al monte. No es mi registro, y, así, no han sido capaces más que de ponerme camisas que me quedan un poco mejor. Sigo yendo como toda la vida, y no presumo de ello.

Pero ese registro vuestro, ha hecho que todos los políticos se quiten la corbata…

Hay cosas que no se pueden impostar. Igual que los guapos son guapos se pongan lo que se pongan –un guapo en chándal sigue siendo guapo–, lo que nosotros hemos demostrado es, simplemente, ser auténticos vistiendo muy mal. Yo, por lo que me dicen, elijo muy mal los colores, y también me reprochan que me ponga camisas de cuadros o que las lleve sin planchar.

 ¿Qué llevabas en la facultad?

Iba peor que ahora, incluso. Llevaba más camisetas. Mi compañero de piso –Denis–, el pobre, trabajaba en un banco y tenía que ir siempre de punta en blanco. Yo era un privilegiado. Él no solo tenía que gastar dinero en ropa, sino que llevar el traje a la tintorería, planchar las camisas porque tenía que salir de casa, de Puente de Vallecas, como un pincel y con el pelo engominado. Y cuando llegaba a casa, se lo quitaba todo y usábamos la misma ropa. Al puesto de trabajo él tenía que ir con el uniforme, muy bien vestido, y yo, en cambio, podía ir como me diera la gana. Siempre lo he visto como un privilegio. La mayor parte de la gente que trabaja no puede ir al trabajo de cualquier manera, yo siempre puedo ir como me da la gana, e incluso, hasta políticamente, decir: “Mire usted, yo visto así”.

¿Y no hay arrogancia en ello?

Nosotros lo que decimos es: “Júzgame por lo que haga, no por lo que lleve encima”.

¿Quién es más guapo, Sánchez o Rivera?

Los dos son guapos. Pedro es alto, deportista, bien plantado. Si me preguntan por algo positivo de él, siempre digo que es muy guapo. Y se sorprenden, como si fuera una cosa menor.

Te han dado clase algunos de los mayores pensadores de la hipermodernidad:Žižek, Rancière, Agamben… ¿cuáles son tus autores de cabecera? 

Yo al Žižek de la ontología, al filósofo puro que lee a los idealistas alemanes a través de Lacan y de Freud, le tengo un gran interés, pero no la formación suficiente en filosofía y en psicoanálisis para entrar duro en él. Ahora, el Žižek más teórico-político, que es muy provocador, y sobre todo el Žižek que analiza la cultura, el cine o el teatro, me entusiasma. Me encanta de él ese rasgo de ser un provocador nato. Digamos que, a la hora de hablar de referencias intelectuales, había otras corrientes: a Negri en en su momento lo estudié mucho, y en una parte de mi tesis sale; Gramsci por supuesto; y los teóricos de la dependencia y de análisis de sistemas-mundo [Samir Nair, André Wunder Frank, Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi, etc]. A Gramsci, sobre todo, cuando empecé a estudiar el cine: su análisis de la cultura, el cine, la televisión, los medios de comunicación, etc, me parece fascinante.

¿Por qué te interesa tanto el cine?

Porque mola. Porque me gusta. Y porque es convertir en objeto de investigación intelectual algo que te produce un enorme placer. Esto me empezó a ocurrir cuando fui a California con una beca pre doctoral: llevaba muchos años viendo películas en casa, y en aquella estancia me encontré con mucho tiempo para estudiar; también tenía el objetivo de mejorar mi inglés, así que allí veía películas en versión original con subtítulos en inglés. Y empecé a alucinar. Comencé a meterme en el cine y me pareció algo fascinante. Y, progresivamente, en la primera tesis, el máster de la Carlos III y luego el de la European Graduate School (EGS) me entusiasmó. Luego fui a hacer teatro. Me pareció un área muy interesante para la investigación intelectual, y con muchísimas aplicaciones políticas en sociedades tan mediatizadas como la nuestra. Ahora estoy volviendo a ver The Wire, y la estoy disfrutando más que la primera vez. Y lo mismo me pasa con Kubrick: no hay película de él que no mole ver una vez, y otra, y otra.

Decía Bresson que una película no es de ningún modo un espectáculo, sino, ante todo, un estilo. ¿Cuál es el tuyo?

Me tiene que tocar. Una película puede tocarte la cabeza, el corazón, la piel… Me gusta el cine que me atrapa. Cuando conozco a una persona que me interesa mucho –y también a las que quiero– le pongo Las invasiones bárbaras, de Denys Arcand, y me pego otra llorera con ella.

Foto: Outumuro

¿Cuál es tu vicio cinéfilo?

Me encanta el cine quinqui, Eloy de la Iglesia, en especial.  El cine social que se hace ahora no está al nivel del que se hacía hace un par de décadas. Ya no puedo hablar tan libremente, no puedo decirte de que una peli me ha decepcionado, o que no me ha gustado, pero creo sinceramente que el cine social, que se ha vuelto a poner de moda últimamente, no está al nivel de ese cine crítico hecho con muy poquitos recursos en una época en la que rodar era mucho más complicado que ahora.  De nuevo Los Chikos del Maíz tienen una letra que dice “¿Qué tieneTrainspotting que no tenga El pico de Eloy de la Iglesia?”, con toda la santa razón.El pico es una obra maestra con una sensibilidad política enorme. También hay que reconocer el cine histórico de Pilar Miró…

¿Una película que casi nadie conozca y te encante?

Sí, hay una película, húngara creo, que se titula Kontroll [Nimród Antal, 2003] No soy el tipo de cinéfilo al que le entusiasman el cine de serie B, o el spaghetti western…a mí me gustan las películas que le gustan a todo el mundo: me encanta el neorrealismo italiano y siempre me ha interesado mucho el cine español por lo que refleja de lo que, en cada momento, sucede en el país.  Paco Martínez Soria, por ejemplo, que es una cosa que parece imposible, te está diciendo muchísimas cosas sobre la sociedad española de su tiempo y del tipo de humor que funcionaba. Es un fenómeno sociológico, y por eso hay verlo. El otro día en los Goya, hubo un homenaje a Buñuel, ¡en 2016! Y a mi me parece que Buñuel ya no es válido, porque ha perdido buena parte de su capacidad de provocación por la secularización de nuestra sociedad…

¿Y escritores preferidos?

Uno de los escritores que más he leído y que nunca me decepciona –sino que siempre me entusiasma– es Vázquez Montalbán. De Flor de nit, que es una obra de teatro maravillosa, a la serie Carvalho, de la que he leído casi todas las novelas, o los ensayos, como Un polaco en la corte del Rey Juan Carlos. También he leído a Paul Auster, que me gusta sin encantarme, a Roth, que me ha gustado más, igual que Martin Amis, también por su parte provocadora. Ahora estoy acabando El cártel, de Don Winslow,  que está muy bien, pero no es El poder del perro.

¿Hay algo que no te esperaras de la política?

La política –y ser su protagonista aún más– es fascinante. Nosotros íbamos para profesores y la precariedad laboral fue un empujón para dar el paso adelante. Investigar la política, algo que echamos de menos, está muy bien, pero intervenir en los procesos históricos es aún mejor. Ahora, al mismo tiempo, la política te quita esa capacidad de observación mucho más helénica, digamos. Esta entrevista no es normal, yo no puedo hablar normalmente de estas cosas. Un periodista me confesó en una ocasión: “Mi trabajo es hacer que te equivoques y conseguir que digas algo que no quieres decir”. Incluso te cuentan: “yo no tengo nada contra vosotros, pero mi objetivo profesional es prosperar. Y, con las líneas editoriales que hay en España, para prosperar tengo que firmar artículos que vayan en portada…”. Esas son las reglas del juego, y tú tienes que estar más astuto que nunca y no equivocarte.

El impacto de la política en tu intimidad ha debido de ser brutal…

Cualquier elemento de tu vida personal se ve afectado por lo que haces, pero forma parte de las reglas del juego y hay que vivir con ello. Es verdad que con nosotros se atraviesan líneas rojas que con los viejos políticos, e incluso con los políticos en general, no se atraviesan, pero bueno, es normal: nosotros somos distintos. Aunque con “normal” no quiero decir que sea aceptable. Asumimos que nos van a atacar con todo, con armas legítimas y armas ilegítimas. Y que cualquiera con un nivel de exposición mediática como éste, si entra a tomar una caña en un bar, da que hablar.

Pero incluso esto  ha afectado a tus relaciones sentimentales. No debe de ser fácil.

Lo mejor para proteger ese ámbito es no hablar de ello.

¿Te has metido alguna raya?

Eso nunca, pero porro sí.

Y crisis de ansiedad, desde que te dedicas a esto, ¿has tenido alguna?

Nunca.

¿Ni angustia o palpitaciones?

Nada.

¿Llevas un diario?

No, pero tengo un cuaderno de notas.

 ¿Tienes caja fuerte?

No, para qué.

¿Qué guardas en los cajones?

Recuerdos, fotos, entradas… Soy muy Diógenes.

 

Esta entrevista se realizó en Madrid el 11 de febrero, sin cuestionarios acordados. No ha sido requerida, como es habitual entre la clase política, ni por el equipo de comunicación de Podemos ni por Pablo Iglesias.

Para leer la entrevista en MAGAZINE FASHION AND ARTS, pinche aquí